Elisa y Marcela (1901)

Elisa y Marcela (1901)

Esa espalda llena de lunares

y sus dedos resbalando

intentando hacer números

donde sólo se podían crear constelaciones;

esas bocas que ya no sólo se contenían

si no que multiplicaban alrededor suyo,

la saliva provocada por el ansia

de lamerse,

como consecuencia del amor;

en aquella alcoba

se podía respirar mucho más

que un blanco y negro,

los vestidos se desprendían

de sus cuerpos

sin necesidad de nombrarse

a través de las palabras,

tan sólo había que alimentarse

del ávido consuelo

de sus labios tibios,

de sus labios fértiles.

Ellas,

como tú y como yo,

se complacían con el aire

que viajaba por sus rostros,

llenas de libertad

y una fe,

que podía sostenerse

aún con la fuerza del viento

en contra suya.

Una historia que se ha impregnado

en la manta de nuestros domingos

y en el café de las mañanas,

que nos ha invadido el delirio

y hemos terminado enredadas

bajo las sábanas blancas,

asediadas por flores y libros,

contemplando el silencio

y venerando al amor.

Cuento cada uno de tus besos

Cuento cada uno de tus besos

Ese beso en la mañana 

que me recoge de entre las sábanas 

para situarme en una de las líneas 

cercanas a tu boca, 

y que me alcanza 

para sobrevivir

del murmullo de la cotidianeidad. 

Ese beso en la tarde 

que desvanece  

el ruido de los miedos 

que me persiguen.

Ese beso en la noche

que desordena las palabras,

las mismas

que te nombran

a través de la poesía,

un beso insensato,

intenso,

palpable,

húmedo,

el último beso del día

que me hace desear

cerrar los ojos

para amanecer en ti

y regresar a tu boca,

veinticuatro horas más.

Frenesí inacabado

Frenesí inacabado

La noche

es de quien respira

a un lado tuyo,

cuando todo cesa,

cuando el tiempo

deja de existir

en las sábanas,

y los pensamientos

son de dos;

la apacibilidad

de esos rostros

acariciados por los años,

deja entrever

el frenesí expuesto

por las palabras que se forman

entre ellos,

cuando nadie más observa.

Ese frenesí

que atraviesa paredes y puertas

con la intensidad

de un destello inacabable,

que por alguna razón,

reaparece todas las noches

y que parece no tener regreso.