Elisa y Marcela (1901)

Esa espalda llena de lunares

y sus dedos resbalando

intentando hacer números

donde sólo se podían crear constelaciones;

esas bocas que ya no sólo se contenían

si no que multiplicaban alrededor suyo,

la saliva provocada por el ansia

de lamerse,

como consecuencia del amor;

en aquella alcoba

se podía respirar mucho más

que un blanco y negro,

los vestidos se desprendían

de sus cuerpos

sin necesidad de nombrarse

a través de las palabras,

tan sólo había que alimentarse

del ávido consuelo

de sus labios tibios,

de sus labios fértiles.

Ellas,

como tú y como yo,

se complacían con el aire

que viajaba por sus rostros,

llenas de libertad

y una fe,

que podía sostenerse

aún con la fuerza del viento

en contra suya.

Una historia que se ha impregnado

en la manta de nuestros domingos

y en el café de las mañanas,

que nos ha invadido el delirio

y hemos terminado enredadas

bajo las sábanas blancas,

asediadas por flores y libros,

contemplando el silencio

y venerando al amor.

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