Elisa y Marcela


Esa espalda llena de lunares

y sus dedos resbalando

intentando hacer números

donde sólo se podían crear constelaciones;

esas bocas que ya no sólo se contenían

si no que multiplicaban alrededor suyo,

la saliva provocada por el ansia

de lamerse,

como consecuencia del amor;

en aquella alcoba

se podía respirar mucho más

que un blanco y negro,

los vestidos se desprendían

de sus cuerpos

sin necesidad de nombrarse

a través de las palabras,

tan sólo había que alimentarse

del ávido consuelo

de sus labios tibios,

de sus labios fértiles.

Ellas,

se complacían con el aire

que viajaba por sus rostros,

llenas de libertad

y una fe,

que podía sostenerse

aún con la fuerza del viento

en contra suya.

Una historia que se ha impregnado

en la manta de nuestros domingos

y en el café de las mañanas,

que nos ha invadido el delirio

y hemos terminado enredadas

bajo las sábanas blancas,

asediadas por flores y libros,

contemplando el silencio

y venerando al amor.

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