Montmartre sin ti

Es cinco de noviembre de 2017. Camino asombrada por las calles del Barrio de Montmartre, son ya la cinco de la tarde y nos hemos sentado a beber vino tinto en un lugar del que todavía no recuerdo su nombre. En mi cabeza, te veía a lo lejos y me sonreías. Desapareciste. Caminamos mucho tiempo, observo a la gente en las tiendas, le café des deux moulins, el recorrido fue tan largo que el frío terminaba por irse a otro lugar, el funiculaire, el perro negro en busca de quien sabe qué pero parecía perseguir por alguna razón a esa muchacha alta y despreocupada. Alguien me pregunta algo y yo asiento con la cabeza. Me detengo a saludar a la pintora que me grita desde lejos y me tomo una fotografía con ella. No la olvido. Más vino, oui s’il vous plait, nos lo bebemos como agua. La tarde era mía. Y tuya también, aunque estuvieras lejos. Parece que estoy teniendo alucinaciones, cualquiera querría haber tenido esas alucinaciones. Volviste y no sé a dónde habías ido. Estaba confundida. Ven, siéntate. Esta vez te acercas a mi mejilla y siento un beso que me hace volar entre la música. ¿Eres tú?. Enfrente, el puré de papá, tres platos diferentes, migajas de todo, olor a mantequilla, dos pares de cubiertos, merci, unas cuantas perfectas rebanadas de queso, un vaso de agua y el pan más exquisito de toda mi vida. Ojalá estuvieras aquí, pensaba. La música nos acompañaba. Yo podía escucharte aunque una multitud de voces interfiriera entre nosotras con demasiado recelo. La música del lugar cada vez era más estruendosa o quizás el vino ya había hecho estragos en mí. Reí hasta el cielo. Moría de ganas por pasearme contigo en la Place du Tertre y platicarte historias de algún pintor perdido, llevarte a algún café que disminuyera la locura provocada por el alcohol, o leerte poesía hasta que bostezaras, sentarnos y disfrutar en silencio des artistes qui lisent, peignent et fument. He perdido la noción del tiempo. Y del espacio. Disfrutaba como una loca, como una loca consciente, como nunca antes lo había hecho. Ese día no importaba a dónde me llevara el autobús, ni al día siguiente. Me sentía viva. Otra vez tú. ¿Por qué desapareces? me preguntaba. Algún día regresaré a contarte esta historia y tú vendrás conmigo, me repetía o te lo he dicho ya.

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