C. Aird & T. Belivet

Las cuerdas del violín

iluminaban los pasillos

donde se paseaban,

no había miedo

en sus pasos,

se cobijaban

en el silencio

de sus miradas

y la distancia

del cielo

a la tierra

no la conocían.

La música

salía del tocadiscos

como un amanecer perpetuo,

las sábanas

escondían

el ineludible destino

de sus bocas

que comprendían todo

lo que sus cuerpos sentían.

Y supieron

que ese lugar

eran ellas

para siempre.

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