13 de abril de 2020

Ahora mismo,

estoy odiando la vida,

te necesito

desesperedamente,

inexorablemente.

El aire descompuesto

se mete en mi piel

y enferma todo.

Lo que veo

está en blanco y negro,

esas historias de la televisión

no existen

porque no puedo contártelas,

la radio suena

pero no la escucho,

abrir los ojos

se ha convertido

en un acto autocompasivo.

Estoy seca,

insípida,

putrefacta,

en estado sólido,

soy el malestar

que produce

la sed,

me consumo

junto al tiempo

que paso sin ti.

Dime

cómo se siente la muerte.

Montmartre sin ti

Es cinco de noviembre de 2017. Camino asombrada por las calles del Barrio de Montmartre, son ya la cinco de la tarde y nos hemos sentado a beber vino tinto en un lugar del que todavía no recuerdo su nombre. En mi cabeza, te veía a lo lejos y me sonreías. Desapareciste. Caminamos mucho tiempo, observo a la gente en las tiendas, le café des deux moulins, el recorrido fue tan largo que el frío terminaba por irse a otro lugar, el funiculaire, el perro negro en busca de quien sabe qué pero parecía perseguir por alguna razón a esa muchacha alta y despreocupada. Alguien me pregunta algo y yo asiento con la cabeza. Me detengo a saludar a la pintora que me grita desde lejos y me tomo una fotografía con ella. No la olvido. Más vino, oui s’il vous plait, nos lo bebemos como agua. La tarde era mía. Y tuya también, aunque estuvieras lejos. Parece que estoy teniendo alucinaciones, cualquiera querría haber tenido esas alucinaciones. Volviste y no sé a dónde habías ido. Estaba confundida. Ven, siéntate. Esta vez te acercas a mi mejilla y siento un beso que me hace volar entre la música. ¿Eres tú?. Enfrente, el puré de papá, tres platos diferentes, migajas de todo, olor a mantequilla, dos pares de cubiertos, merci, unas cuantas perfectas rebanadas de queso, un vaso de agua y el pan más exquisito de toda mi vida. Ojalá estuvieras aquí, pensaba. La música nos acompañaba. Yo podía escucharte aunque una multitud de voces interfiriera entre nosotras con demasiado recelo. La música del lugar cada vez era más estruendosa o quizás el vino ya había hecho estragos en mí. Reí hasta el cielo. Moría de ganas por pasearme contigo en la Place du Tertre y platicarte historias de algún pintor perdido, llevarte a algún café que disminuyera la locura provocada por el alcohol, o leerte poesía hasta que bostezaras, sentarnos y disfrutar en silencio des artistes qui lisent, peignent et fument. He perdido la noción del tiempo. Y del espacio. Disfrutaba como una loca, como una loca consciente, como nunca antes lo había hecho. Ese día no importaba a dónde me llevara el autobús, ni al día siguiente. Me sentía viva. Otra vez tú. ¿Por qué desapareces? me preguntaba. Algún día regresaré a contarte esta historia y tú vendrás conmigo, me repetía o te lo he dicho ya.

Oda a la escoba

Un aparente exilio

hacia la nada,

lleva en su ser

el don divino

de apartar

lo malo del verano

durante los segundos

que dura el cambio de año

y bastarle otros cuantos más,

para pronosticar

por lo menos,

un año

lejos de la mala suerte.

Palitos

delgados y de colores

entrelazados,

mantienen tu atención

para hacerte creer

en el amor a primera vista

y dejar olvidada

nuestra promesa

horas después

en el patio trasero,

tumbándole con aquellas

de edad más avanzada;

si tienes jardín

sería mucho más cómodo,

gracias.

Útil pero estorbosa,

bonita pero no tanto,

práctica y versátil

aunque en su lugar

podría comprar

una cesta repleta de verduras.

Tan necesaria.

Grandiosa musa

cuando lucimos

los espacios interiores

luminosos y ordenados,

limpios y vistosos.

No cabe duda

que la casa

sería un completo desastre sin ti.

Querida escoba,

te necesito en mi vida.

Las palabras

Las palabras gozan,

arden,

son burbujas invisibles

en el aire,

desparramadas

recogen el atardecer

junto al mar

y lo dejan

en las flores

de los mercados,

algunas están rotas

ahorcadas,

incompletas,

humilladas,

débiles,

marchitas,

nos llenan la boca

las masticamos

y las escupimos,

mueren,

nacen,

se reinventan,

sobreviven,

vuelven a morir.

Somos ellas

en cada lunar.

El último día que te vi

El tiempo asomado
en la ventanilla del avión,
la música escapando
en mi rostro
somnoliento,
las palabras incomprendidas,
los edificios grisáceos,
el olor a pan,
las cafeterías
que recorrían
el cuerpo entero
de mis libros,
los montes,
los túneles,
la lluvia,
la nostalgia,
tú llorando
en algún parque,
yo cumpliendo sueños,
las paredes blancas
con letras,
personas leyendo,
el reloj,
los sabores
recorriéndome la boca
urgidos,
un recuerdo tuyo,
los cuadros,
las esculturas,
los jardines,
tú sentada
mirando a la gente caminar,
el frío rozándome
los párpados,
el vagón,
la espera,
mis manos postradas
en la cerveza
de aquel bar,
tú susurrándome al oído
a nueve mil kilómetros
de ahí,
también tocabas
mi entrepierna
mientras yo sonreía,
el río,
las iglesias,
los museos,
no tengo tus labios,
la tarde
de vino tinto,
ese barrio,
las calles
conversando con el arte
de aquellos pintores,
yo te abrazaba.

El ruido,
el tráfico,
la distancia,
trece de noviembre,
te beso
por enésima vez
para siempre.