Del miedo que ellos me hicieron perder

A todos ellos

que me entregaron

sus dos manos

para que pudiera

quitarme el vacío

que me atragantaba.

A todos ellos

y las caricias

que me dedicaron

con sus palabras,

cuando sentía

que perdía

la razón.

A todos ellos

que me agrandaron

las virtudes

e ignoraron

por completo,

las comillas

que salían

de mi cabeza.

A todos ellos

que nos les importó

comprender,

si no sentir

la tierra mojada

que se asomaba

de mi pecho.

A todos ellos

que llegaron

hasta aquí,

que me acompañan

hasta hoy.

El lazo que te une

a un amigo,

es el mismo

que te hace escapar

y recuperarte

del oleaje del mar

que dejarás de sentir miedo.

A todos ellos,

la familia

que me abrazó

sin importar las consecuencias.

Los días de verano

Escribir lo que sientes

y sentirte desnudo en segundos,

lo que te despierta por las noches,

respirar y sentir el aire fresco que sale de tus pulmones,

las gotas de la lluvia derritiéndose por las orillas de nuestros zapatos,

mirarse frente al espejo y no llorar,

la luz del farol que entra en la habitación

por las madrugadas,

el cabello alborotado sobre la almohada,

el césped mojado,

el sonido de la licuadora

a las siete cuarenta y tres de la mañana,

tus besos recordándome

que es hora de ir a trabajar,

se hizo tarde,

la comida del refrigerador,

las risas y el sonido del autobús

que va deprisa,

camino lento,

escribir y pensar en ti,

escribir y pensar en,

escribir y pensar,

escribir y,

escribir.

Un final que no tuvo final

Nunca quise que tu cuerpo se acabara,

ni el brillo de tus ojos

cuando me mirabas

o me detenías para que no me fuera,

sólo pensaba en quererme ir

contigo,

a ese lugar en el que éramos tú y yo,

besarnos,

tomar nuestras manos

para que nunca más las separaran.

Nunca tuve tanto miedo de perderte

hasta ese día,

que me sentí sin ti.

23:53 p.m.

23:53 p.m. y tu respiración,

el sonido lento de la guitarra,

esa voz de fondo,

la lluvia queriendo entrar en nuestra cama,

yo pensando en lo que quiero escribir,

y me alcanzan las palabras,

una película que se quedó sin final

pero estás aquí,

vienes y te quedas;

no tengo frío

escribir es soltar;

00:04 p.m.

Se me hace tarde

para abrazarte.

Elisa y Marcela (1901)

Esa espalda llena de lunares

y sus dedos resbalando

intentando hacer números

donde sólo se podían crear constelaciones;

esas bocas que ya no sólo se contenían

si no que multiplicaban alrededor suyo,

la saliva provocada por el ansia

de lamerse,

como consecuencia del amor;

en aquella alcoba

se podía respirar mucho más

que un blanco y negro,

los vestidos se desprendían

de sus cuerpos

sin necesidad de nombrarse

a través de las palabras,

tan sólo había que alimentarse

del ávido consuelo

de sus labios tibios,

de sus labios fértiles.

Ellas,

como tú y como yo,

se complacían con el aire

que viajaba por sus rostros,

llenas de libertad

y una fe,

que podía sostenerse

aún con la fuerza del viento

en contra suya.

Una historia que se ha impregnado

en la manta de nuestros domingos

y en el café de las mañanas,

que nos ha invadido el delirio

y hemos terminado enredadas

bajo las sábanas blancas,

asediadas por flores y libros,

contemplando el silencio

y venerando al amor.