Los días de verano

Los días de verano

Escribir lo que sientes

y sentirte desnudo en segundos,

lo que te despierta por las noches,

respirar y sentir el aire fresco que sale de tus pulmones,

las gotas de la lluvia derritiéndose por las orillas de nuestros zapatos,

mirarse frente al espejo y no llorar,

la luz del farol que entra en la habitación

por las madrugadas,

el cabello alborotado sobre la almohada,

el césped mojado,

el sonido de la licuadora

a las siete cuarenta y tres de la mañana,

tus besos recordándome

que es hora de ir a trabajar,

se hizo tarde,

la comida del refrigerador,

las risas y el sonido del autobús

que va deprisa,

camino lento,

escribir y pensar en ti,

escribir y pensar en,

escribir y pensar,

escribir y,

escribir.

Un final que no tuvo final

Un final que no tuvo final

Nunca quise que tu cuerpo se acabara,

ni el brillo de tus ojos

cuando me mirabas

o me detenías para que no me fuera,

sólo pensaba en quererme ir

contigo,

a ese lugar en el que éramos tú y yo,

besarnos,

tomar nuestras manos

para que nunca más las separaran.

Nunca tuve tanto miedo de perderte

hasta ese día,

que me sentí sin ti.

Elisa y Marcela (1901)

Elisa y Marcela (1901)

Esa espalda llena de lunares

y sus dedos resbalando

intentando hacer números

donde sólo se podían crear constelaciones;

esas bocas que ya no sólo se contenían

si no que multiplicaban alrededor suyo,

la saliva provocada por el ansia

de lamerse,

como consecuencia del amor;

en aquella alcoba

se podía respirar mucho más

que un blanco y negro,

los vestidos se desprendían

de sus cuerpos

sin necesidad de nombrarse

a través de las palabras,

tan sólo había que alimentarse

del ávido consuelo

de sus labios tibios,

de sus labios fértiles.

Ellas,

como tú y como yo,

se complacían con el aire

que viajaba por sus rostros,

llenas de libertad

y una fe,

que podía sostenerse

aún con la fuerza del viento

en contra suya.

Una historia que se ha impregnado

en la manta de nuestros domingos

y en el café de las mañanas,

que nos ha invadido el delirio

y hemos terminado enredadas

bajo las sábanas blancas,

asediadas por flores y libros,

contemplando el silencio

y venerando al amor.

Cuento cada uno de tus besos

Cuento cada uno de tus besos

Ese beso en la mañana 

que me recoge de entre las sábanas 

para situarme en una de las líneas 

cercanas a tu boca, 

y que me alcanza 

para sobrevivir

del murmullo de la cotidianeidad. 

Ese beso en la tarde 

que desvanece  

el ruido de los miedos 

que me persiguen.

Ese beso en la noche

que desordena las palabras,

las mismas

que te nombran

a través de la poesía,

un beso insensato,

intenso,

palpable,

húmedo,

el último beso del día

que me hace desear

cerrar los ojos

para amanecer en ti

y regresar a tu boca,

veinticuatro horas más.