No

No

No,

la cama tampoco

ya no es la misma

sin tus caricias

sobre la almohada

antes de dormir.

No,

la almohada tampoco

ya no es la misma

sin tu cabeza hundida

atestada de sueños

que recorremos juntas

cada noche.

No,

la cocina tampoco

ya no es la misna

sin tus manos

que dedican

tiempo

para amarme

en el desayuno.

No,

esta casa tampoco

ya no es la misma

sin ti,

necesito tus rincones

cuanto antes,

porque no,

yo tampoco

ya no soy la misma

si me falta tu boca

para respirar

esta vida.

De aquella vez que descubrí a la poesía asomada por mi ventana y nada volvió a ser igual, ni a sentirse igual

De aquella vez que descubrí a la poesía asomada por mi ventana y nada volvió a ser igual, ni a sentirse igual

La primera vez que sentí que las palabras atravesaron mi espalda, se colocaron justo detrás de la nuca y recorrieron todo mi cuerpo hasta llegar a mis talones, fue cuando tenía la edad de once años y mi mente era una incógnita (escrita con mayúsculas), incluso para mí.

Lo que sentía y me atravesaba era un emoción incontenible, en ocasiones lloraba por las noches cuando mis padres dormían, porque no sabía dónde ni cómo poner todo aquello que sentía. Mi boca y las palmas de mis manos estaban llenas de emociones pero ya no había espacio para una más. Y sin buscarlo, me senté a escribir.

Cada vez que llegaba del colegio, buscaba con desespero y alegría, la libreta que guardaba en esa mesa de dormir y me pasaba horas escribiendo para mí. Eso me hacía sentir contenta. Al fin tenía un lugar en el que cabía todo eso. Las letras me llenaban. Podía vaciar toda mi tristeza o toda mi alegría, o todo junto. Y comencé a escribir cartas y poemas. Y me descubrí en ese mar infinito de sensaciones frágiles y rotas. Y tuve miedo de descubrirme, de sentirme desnuda frente a mí, de que todos se dieran cuenta. Tuve miedo de sentir lo que sentía. Y abandoné la escritura: lo que me hacía sentir viva por las noches.

Dieciocho años después, viajaría a Europa por primera vez y la vida se frenó descarada ante mis ojos obligándome a buscar la escritura, en el mismo cajón donde la había dejado olvidada pero esta vez, sería para aferrarme a ella y no soltarla aunque el miedo se filtrara hasta mis huesos. Y entonces, descubrí a la poesía con sus inmensas líneas asomada por la ventana de ese autobús; la poesía de los paisajes, de sus formas, de sus colores, de sus expresiones. Y no pude detenerme, no quise hacerlo.

La poesía me ha sanado de diferentes formas, en ella encuentro las palabras que necesito para reír o llorar, para abrazarme o soltarme, para amar desde cualquier lugar, en cualquier puerta o en cualquier rincón. No me he sentido con más serenidad desde que escribo. Me doy cuenta de que la vida se trata de llenarte los huecos con aquello que amas y que te prende fuego por dentro. Escribiré hasta que pueda, hasta cansarme, hasta que se termine esta sed que tengo de vaciarme todo esto que siento.

El rincón al que quiero ir por mucho tiempo

El rincón al que quiero ir por mucho tiempo

Tú eres el mejor comienzo de todos los días

y también eres el mejor desenlace,

no importa de qué color vengan los días

tú estás en un recoveco inamovible

donde puedo ir

en cualquier momento

para amar,

para reír,

para darme paz,

para reinventarme,

para mirar el sol,

o para morirme también,

porque tú me resucitas,

porque me llevas de la tierra al cielo

y de regreso,

porque donde estás tú

está la música

que quiero escuchar,

eres el rincón que elijo

para amarme

a destiempo,

a solas,

donde pierdo la razón

y la hallo;

el lugar

donde me encuentro,

me tengo,

y soy.

Amanecer a tu lado

y respirar todo lo que eres,

la rutina

que no me da miedo vencer,

terminar el día

abrazar mis demonios,

soltarme,

guardarme en ti

en el pijama a rayas del diario

y acariciarte el cabello,

la mujer de todos mis días,

el rincón que me hace sentir viva

y las ganas que tengo de que esto

nos dure mucho tiempo,

amor.

Noche olor azufre

Noche olor azufre

Hay un hueco en mí

que llora,

que se desvanece

cuando recuerda

el momento frágil

de aquella madrugada

en que el reloj

marcaba las 4:00 a.m.,

y el humo de su cigarro

se metía por mi boca,

era una noche

como no sería ninguna,

sus palabras

se encajaron en mí

como cien cuchillos

al mismo tiempo,

sus manos oraban

para que fuese

solo un mal sueño,

sin saber que era

la puta realidad;

quisiera apagarme

y dejar de sentir esto

como si hubiera sido

ayer.

No soporto

mirar esta cicatriz

y no sé cómo

soltarla.

Del miedo que ellos me hicieron perder

Del miedo que ellos me hicieron perder

A todos ellos

que me entregaron

sus dos manos

para que pudiera

quitarme el vacío

que me atragantaba.

A todos ellos

y las caricias

que me dedicaron

con sus palabras,

cuando sentía

que perdía

la razón.

A todos ellos

que me agrandaron

las virtudes

e ignoraron

por completo,

las comillas

que salían

de mi cabeza.

A todos ellos

que nos les importó

comprender,

si no sentir

la tierra mojada

que se asomaba

de mi pecho.

A todos ellos

que llegaron

hasta aquí,

que me acompañan

hasta hoy.

El lazo que te une

a un amigo,

es el mismo

que te hace escapar

y recuperarte

del oleaje del mar

que dejarás de sentir miedo.

A todos ellos,

la familia

que me abrazó

sin importar las consecuencias.