Valentina y el arte lo simple

Valentina y el arte lo simple

Ella hablaba sola. Todo el tiempo, a cualquier hora. Usaba jeans demasiado rotos y sus tenis ya no eran blancos. Ahora, apenas se distinguía el color. A su cabello desaliñado poco le importaba el clima. Ella era así, libre como el viento, su risa se leía a miles de kilómetros y quienes la conocían, sabían cuando ella estaba cerca. 

Valentina estudiaba arte. Desde niña tenía clara su vocación. Pintaba cuanto podía, especialmente las paredes de la casa. Su madre enloquecía un poco todos los días cuando la descubría pintando, una y otra vez. Por su parte, Valentina también enloquecía al verse obligada por mamá a limpiar todo el desastre a causa de su afición artística. 

Tenía nueve años cuando todo sucedió. Regresaba del colegio, notó una extrañeza al entrar a casa. Todo estaba en profundo silencio. Descubrió quesus padres habían dejado una nota sobre la mesa del comedor.

Valentina: Llevamos a Blak al veterinario, no sabemos qué ha pasado con él. Pensamos que dormía. Dejamos comida para ti. Regresamos pronto, recuerda hacer la tarea.  Te amamos.

Después de leer la nota, Valentina notó un evidente temblor en sus manos y su pulso se había acelerado. Tenía miedo de que algo malo hubiese ocurrido con Blak. Decidió tomar el teléfono para hablar con sus padres. Timbró tres veces y nadie respondió. Timbró una vez más, era su padre. 

Hola Valentina, ¿has visto nuestra nota?

-Dime que todo marcha bien con Blak

Silencio. 

Valentina, el veterinario no pudo hacer nada. Blak, ahora nos cuida. 

-Silencio.

¿Valentina?

No tenía voz para responderle a su padre. Y colgó. Valentina lloraba a mares. Había nostalgia y un dolor tan profundo que se clavaba en su pecho, fuertemente. En su cabeza solo existía Blak. No paraba de llorar pues no comprendía por qué a veces suceden cosas que nos duelen. Blak era un perro relativamente joven y nunca se paraba en la veterinaria mas que para sus visitas habituales. Valentina sentía un profundo vacío. Y ocurrió.  

Sintió una descomunal necesidad de expresar todo esos sentimientos como mejor sabía hacerlo: pintando paredes. Se olvidó de la comida, Valentina solo sentía. Sin pensarlo más. Subió a su habitación, tomó todos y cada uno de los pinceles que guardaba con amor en algún cajón, cogió las pinturas y todo lo colocó sobre una bolsa de tela desgastada. Había dejado de llorar pero el nudo en la garganta la lastimaba. 

Eligió esa pared, donde la planta baja se juntaba con el primer piso de la casa. Ese era el lugar de siempre, de todos los días, el favorito de Valentina. El lugar que había limpiado durante casi cinco años, sin embargo, esta vez era distinto; Valentina no estaría dispuesta a limpiar, pintaría en honor a Blak, aunque tuviera que soportar el disgusto de su madre. Estaba dispuesta a soportarlo todo. 

Tomó el móvil, hizo unos cuantos movimientos con los dedos y Claire de lune invadió todas las habitaciones de la casa. Se percibía un dolor incomparable. Valentina estaba desolada. Junto a la música de Debussy, Blak reposaba en su pecho adolorido. La paleta de colores y los pinceles brillaban, estaba todo listo. Antes de comenzar, Valentina cerró los ojos y una lágrima logró escapar de sí misma. Se hacía tarde.

Las notas del piano guiaban uno a uno los movimientos de Valentina. Ya nada sería igual. Ni la música, ni las pinceladas sobre la pared. Pintó al centro una línea horizontal de un rojo vivo, como si dentro de ella tuviera ese mismo color escurriendo por todos lados, el dolor latía fuerte; ella no hacía más que pintar todas esas formas improvisadas llenas de colores vivos y radiantes; la resaca que había dejado la muerte de Blak, no era para menos. La pintura goteaba sobre sus pies, Valentina tenía un puntillismo multicolor envidiable sobre su rostro, el espacio blanco de la pared cada vez se reducía más. Movía las manos tan naturalmente que los pinceles parecían estar pegados a sus manos, parecían salirle notas musicales de las yemas de los dedos, cada pincelada era una nota musical clavada sobre la pared . Nada más cabía en ese momento. Black estaba ahí, en todos esos colores y formas. En menos de una hora, Valentina habría pintado una extraordinaria obra de arte en la casa de sus padres. Mad Rush, retumbaba intensamente en cada rincón. El dolor no cesaba. 

Valentina estaba tan ensimismada que no se percató cuando sus padres llegaron. La observaban desde lejos, incrédulos, desconcertados pues de todas las veces que su madre la había descubierto pintando esa misma pared, no recordaba haberla visto como aquel día. Valentina tenía un semblante atípico, tenía la mirada perdida, estaba pálida y las heridas se le notaban a simple vista. Su alma  destrozada se refugiaba en los trazos de sus manos. Sus padres comprendieron todo. Era tanto su dolor por Blak que Valentina misma no creía lo que pintaría aquella vez. 

Aún no termino con esta historia. Pero me estoy enganchando.

Luisa Sanz.

Mañana quizás no

Mañana quizás no

Nunca es suficiente tiempo,

el tiempo solo es un reflejo

de quien lo mira,

hoy puedes soplarle al cielo

mañana quizás no,

nadie lo sabe,

vivimos como si nos quedaran

ochocientas veintitrés mil

milésimas de segundos.

Mañana quizás

no tengamos tanta suerte.

El reloj nos marca el tiempo

que tenemos

para vivir

o para morir.

Mañana quizás

el otoño

quiera dejar de iluminar

los huecos que dejamos

en la acera.