Esperanza

Pronto las ventanas se abrirán de par en par. Las puertas no estarán cerradas más. Los niños saldrán a jugar. Volveremos a reír con nuestros amigos. Yo te amaré por las noches. El mar hará lo suyo y lo dejaremos renacer. Andaremos y saciaremos nuestras ganas de vivir el presente, como hace mucho no lo hacíamos. Daremos abrazos más largos. Y los besos, serán distintos. Donaremos libros. Los hospitales volverán a la normalidad. Nuestras calles, también. Dormir no volverá a sentirse ni a pronunciarse de la misma manera. Esta vez, haremos mejor las cosas. Pensaremos mejor, actuaremos mejor. El viento ha soplado muy fuerte pero estaremos bien.

La arena es de azúcar

Los sueños comienzan

cuando vencemos los miedos,

te desprendes de tu propia piel

para volar

desde lo alto del mar;

esta necesidad de poner en letras

lo que siento,

y la irreverente nostalgia

de haber renunciado

a lo que aún tengo

en un cajón lleno

bajo el brazo,

los instantes 

son figuras que bailotean

en la mente

por décadas;

la belleza está en todas partes,

lo digo desde donde ahora me encuentro

y hoy me siento libre,

después de mucho tiempo.

Todo el tiempo hablamos de ella

La muerte nos alcanza

todos los días

escondida

bajo el césped recién sembrado,

después de la página 56 de algún libro,

atrás de un semáforo en alto,

o en alguna carretera a kilómetros del ahora;

se esconde

y lo hace despiadadamente

ante nuestros ojos,

todos estamos más cerca o más lejos

de ese lugar

que algún día habremos de tocar.

Nadie lo sabe,

ni los escritores,

que hablan de ella

todo el tiempo.

Daños colaterales

Los agujeros de la mente

esparcen sus cenizas

como manchas imborrables

de ira,

de rencor,

de vacíos que difícilmente se llenarán,

de sentimientos corrosivos

que no solo queman la piel

sino que la desaparecen

y duermen en paz

junto a la conciencia

que dicen tener tranquila,

el desapego del acto

es un cáncer

en el cuerpo

incurable y doloroso,

que gotea constantemente

ante nosotros,

y estamos aún sentados

esperando pasar.

Almas perdidas

que tienen sed

y siguen sin buscar agua,

que tienen hambre

y siguen sin buscar alimento.

Almas perdidas

ausentes,

caminando sin una dirección.

Almas perdidas

que entran sin permiso,

que encuentran a la alevosía

como aliada

de la venganza;

rasca por debajo de tus sábanas

y busca el amor propio,

porque dañando a otros

solo nos dañamos a nosotros mismos.

Seguimos asustados

La vida nos asusta,

porque evitamos

lo que es diferente;

la vida nos asusta

porque no nos arriesgamos;

la vida nos asusta

porque la muerte

nos pesa más

que el presente;

la vida nos asusta

porque creemos merecer

más que los demás;

la vida nos asusta

porque destruimos

el lugar que habitamos;

la vida nos asusta,

nos seguirá asustando

hasta que asumamos

que no estamos aquí

para sufrir,

venimos a ver de frente

el túnel de lo efímero.

La vida

no nos asusta,

lo que nos asusta es vivir

y tememos sentirnos amados.

De aquella vez que descubrí a la poesía asomada por mi ventana


La primera vez que sentí que las palabras atravesaron mi espalda, se colocaron justo detrás de la nuca y recorrieron todo mi cuerpo hasta llegar a mis talones, fue cuando tenía la edad de once años y mi mente era una incógnita (escrita con mayúsculas), incluso para mí.

Lo que sentía y me atravesaba era un emoción incontenible, en ocasiones lloraba por las noches cuando mis padres dormían, porque no sabía dónde ni cómo poner todo aquello que sentía. Mi boca y las palmas de mis manos estaban llenas de emociones pero ya no había espacio para una más. Y sin buscarlo, me senté a escribir.

Cada vez que llegaba del colegio, buscaba con desespero y alegría, la libreta que guardaba en esa mesa de dormir y me pasaba horas escribiendo para mí. Eso me hacía sentir contenta. Al fin tenía un lugar en el que cabía todo eso. Las letras me llenaban. Podía vaciar toda mi tristeza o toda mi alegría, o todo junto. Y comencé a escribir cartas y poemas. Y me descubrí en ese mar infinito de sensaciones frágiles y rotas. Y tuve miedo de descubrirme, de sentirme desnuda frente a mí, de que todos se dieran cuenta. Tuve miedo de sentir lo que sentía. Y abandoné la escritura: lo que me hacía sentir viva por las noches.

Dieciocho años después, viajaría a Europa por primera vez y la vida se frenó descarada ante mis ojos obligándome a buscar la escritura, en el mismo cajón donde la había dejado olvidada pero esta vez, sería para aferrarme a ella y no soltarla aunque el miedo se filtrara hasta mis huesos. Y entonces, descubrí a la poesía con sus inmensas líneas asomada por la ventana de ese autobús; la poesía de los paisajes, de sus formas, de sus colores, de sus expresiones. Y no pude detenerme, no quise hacerlo.

La poesía me ha sanado de diferentes formas, en ella encuentro las palabras que necesito para reír o llorar, para abrazarme o soltarme, para amar desde cualquier lugar, en cualquier puerta o en cualquier rincón. No me he sentido con más serenidad desde que escribo. Me doy cuenta de que la vida se trata de llenarte los huecos con aquello que amas y que te prende fuego por dentro. Escribiré hasta que pueda, hasta cansarme, hasta que se termine esta sed que tengo de vaciarme todo esto que siento.