No

No

No,

la cama tampoco

ya no es la misma

sin tus caricias

sobre la almohada

antes de dormir.

No,

la almohada tampoco

ya no es la misma

sin tu cabeza hundida

atestada de sueños

que recorremos juntas

cada noche.

No,

la cocina tampoco

ya no es la misna

sin tus manos

que dedican

tiempo

para amarme

en el desayuno.

No,

esta casa tampoco

ya no es la misma

sin ti,

necesito tus rincones

cuanto antes,

porque no,

yo tampoco

ya no soy la misma

si me falta tu boca

para respirar

esta vida.

Los días de verano

Los días de verano

Escribir lo que sientes

y sentirte desnudo en segundos,

lo que te despierta por las noches,

respirar y sentir el aire fresco que sale de tus pulmones,

las gotas de la lluvia derritiéndose por las orillas de nuestros zapatos,

mirarse frente al espejo y no llorar,

la luz del farol que entra en la habitación

por las madrugadas,

el cabello alborotado sobre la almohada,

el césped mojado,

el sonido de la licuadora

a las siete cuarenta y tres de la mañana,

tus besos recordándome

que es hora de ir a trabajar,

se hizo tarde,

la comida del refrigerador,

las risas y el sonido del autobús

que va deprisa,

camino lento,

escribir y pensar en ti,

escribir y pensar en,

escribir y pensar,

escribir y,

escribir.

Un final que no tuvo final

Un final que no tuvo final

Nunca quise que tu cuerpo se acabara,

ni el brillo de tus ojos

cuando me mirabas

o me detenías para que no me fuera,

sólo pensaba en quererme ir

contigo,

a ese lugar en el que éramos tú y yo,

besarnos,

tomar nuestras manos

para que nunca más las separaran.

Nunca tuve tanto miedo de perderte

hasta ese día,

que me sentí sin ti.

Elisa y Marcela (1901)

Elisa y Marcela (1901)

Esa espalda llena de lunares

y sus dedos resbalando

intentando hacer números

donde sólo se podían crear constelaciones;

esas bocas que ya no sólo se contenían

si no que multiplicaban alrededor suyo,

la saliva provocada por el ansia

de lamerse,

como consecuencia del amor;

en aquella alcoba

se podía respirar mucho más

que un blanco y negro,

los vestidos se desprendían

de sus cuerpos

sin necesidad de nombrarse

a través de las palabras,

tan sólo había que alimentarse

del ávido consuelo

de sus labios tibios,

de sus labios fértiles.

Ellas,

como tú y como yo,

se complacían con el aire

que viajaba por sus rostros,

llenas de libertad

y una fe,

que podía sostenerse

aún con la fuerza del viento

en contra suya.

Una historia que se ha impregnado

en la manta de nuestros domingos

y en el café de las mañanas,

que nos ha invadido el delirio

y hemos terminado enredadas

bajo las sábanas blancas,

asediadas por flores y libros,

contemplando el silencio

y venerando al amor.